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Todo lo que uno “sube” a la red contribuye a generar eso que llaman “reputación digital”. Ello incluye este post y también cualquier comentario en Facebook, cualquier tweet, etc. Un artículo publicado el pasado agosto en Wired sobre la “nueva economía de la reputación” plantea cómo toda transacción e interacción online (comentarios, personas que “amigueamos”, medallas de 4Sq que ganamos, etc.) va trazando nuestra confiabilidad, la que sería una mercancía potencial y potencialmente valiosa. En el mundo online, lo personal es lo político-económico y la confianza es una mercancía en potencia.

Aunque la reputación como capital simbólico no es cosa nueva (e.g. el prestigio), como tampoco lo es la historia crediticia—una forma de reputación—como herramienta financiera (por ejemplo, los credit scores), la “huella digital” como medida de la reputación y marcador de confianza tiene implicaciones muy problemáticas. Mientras que un “credit score” se traza de forma relativamente directa (predeciblemente, nuestros pagos de hipoteca, de recibos de luz, de teléfono, etc., pueden computarse como información económica para calificarnos como sujetos de crédito), los posibles alcances de la genérica “reputación-mercancía” se dispersan y difuminan en el espacio y tiempo: cualquier gesto olvidado de nuestra vasta huella digital puede ser resucitado mañana, como tantos otros “esqueletos en el closet” (¿te acuerdas de ese comentario malsonante que hiciste hace unos 10 años en un foro online, a las 4am, luego de una fiesta? Yo tampoco. Pero por ahí está).

Esto me interesa y me preocupa porque afecta al concepto de confianza y a la comunicación/interacción, que es central a la práctica cultural (y a todo, más exactamente). No es un problema de protocolos o de modales, que desde siempre una/o los cuida celosamente, more or less. Más bien, el problema atañe a la internalización de la vigilancia a la que ello nos obliga—cada vez más despiadada (si bien hace mucho que somos nuestro propio policía)—pero, sobre todo, a la ubicuidad y la implementación radicalmente extemporánea de esta vigilancia: la nueva “antropología forense digital” excava en nuestro pasado buscando los esqueletos que mañana pida su cliente (cuyo propósito no podemos anticipar). Cual historia de Philip K. Dick, la “persecución” nos viene del futuro y, en plan Kafka, ni siquiera sabemos por qué nos “buscan”.

Una/o no escribe, comenta, participa en la red para generar “confianza” a ser convertida en “capital virtual”. Una/o escribe, por ejemplo un blog, como quien deja una pregunta abierta al otro. En ese sentido, escribir (por ejemplo, esto) supone una suerte de voto de confianza en el futuro: un testimonio para el otro que viene del futuro (mientras se escribe una/o solo puede especular la existencia de sus lectoras/es).

La participación se ampara en la confianza. Una/o participa porque asume la buena disposición de las personas involucradas (Lévinas in a nutshell: la amabilidad siempre tiene primacía, pues todo encuentro, incluso uno malintencionado, empieza con una bienvenida, “buenas”). Porque cree en la posibilidad de coordinar y movilizar voluntades, de construir algo: un proyecto conjunto, un legado para la comunidad y desde la comunidad, por ejemplo.

En su versión inglesa, la palabra confianza, trust, evoca términos como truce (tregua) y truth (verdad). Tal vez la confianza pueda pensarse como una “tregua anticipada”, en la medida en que nuestras interacciones y especialmente nuestra participación en cualquier proyecto también da lugar al disenso, al conflicto, a la confrontación (a fin de cuentas, el mundo cultural es uno de constantes pugnas de poder y negociaciones diversas). Pero, sobre todo, la confianza tal vez entrañe una cierta “generosidad en la interpretación” (y esta quizás sea la principal forma de generosidad que haya).

Dado que la red recuerda y archiva todo, la contraparte de su éxtasis 2.0 de libre-expresión es esta paranoia de la quinta enmienda a la que nos somete. ¿Cómo participar, aportar, comentar, escribir, etc., confiadamente sin temor a que lo dicho vaya a ser usado en mi contra? Ante una potencial “STASI” digital, interna o externa, una/o anticipa, y, por tanto, filtra, e intenta delimitar y limitar sus enunciados: auto-censura. Parecería entonces que el universo online lleva a la plenitud ese proverbio árabe de “uno es amo de sus silencios y esclavo de sus palabras”. Pero es incluso más que eso, pues el alcance de la reputación va más allá los deslices a ser evitados u ocultados: no solo somos esclavos de nuestras palabras, sino también de nuestros silencios. La reputación online concierne especialmente a los patrones de comportamiento: nuestra “conformidad ideológica” con el status quo. (“¡¿No tienes Facebook?!” es nuevo marcador de bicho raro.)

La estructura de la experiencia se abre a un encuentro con aquello que no se puede anticipar, aquello que potencialmente puede quebrar nuestro horizonte de expectativa, de certeza. Por ello resulta difícil abrirse a la experiencia desde la expectativa de la vigilancia, por ejemplo. Confiar, en ese sentido, no es lo mismo que anticipar: confiar es acoger lo que venga. Por ejemplo, acoger el itinerario potencial de unas palabras “legadas”, a ser tomadas por el otro—y el valor de un legado radica en su posibilidad de abrirse, de extenderse—. Por eso un itinerario paranoico es totalmente contrario a ello. Pero también lo es el cálculo del marketing y la autopromoción.

Pero aún así escribimos, comentamos y declaramos, (casi) confiadamente, es decir, poniéndonos voluntariamente en manos de la voluntad del otro. Nuestras interacciones y comunicaciones son un testamento que opera como una “última voluntad”: la propia voluntad intentando ir más allá de su alcance, articulándose a otra voluntad. Después de todo, nuestra última voluntad no puede ser nunca nuestra pues depende de otro tomarla o dejarla. Lo mismo que estas palabras. ¿No es, pues, la confianza un ejercicio de agencia desempoderizada?

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Cuando me gradué, hace ya varios años, invitaron al alcalde, Michael Bloomberg, a dar el discurso de clausura. Nos transmitió sus preocupaciones sobre el “mundo real” y, poniéndose como ejemplo, nos dijo que para tener éxito teníamos que ser los primeros en llegar al trabajo y los últimos en irnos.

Aunque su consejo, más que un llamado al compromiso, parece una orden de auto-encarcelamiento, es más importante señalar su premisa tácita. Para Bloomberg, el trabajo es. Está establecido, es inamovible. Casi como si fuese razonable y necesario—como si quien inventó “el trabajo” hubiese hecho un buen trabajo—. Allí, en ese campus que nutrió nuestro pensamiento crítico estaba este señor diciéndonos que lo “dado” estaba efectivamente dado. El “mundo real” era “tal cual”.

La clausura situaba retrospectivamente al trabajo como el clímax de mi educación. Pero, contra lo que muchos alegan, los estudios y el trabajo no son interdependientes. No se estudia para adquirir habilidades para poder trabajar. Las habilidades que permiten trabajar se aprenden incidentalmente. La universidad es acerca del pensar y del preguntar. Y, siguiendo la idea radical de la libertad de expresión, al menos teóricamente, todo debería estar abierto a la interrogación. Incluyendo el “trabajo”.

En una nota más pedestre, la educación no es un servicio auxiliar del trabajo porque también ocurre que uno estudia una cosa y termina trabajando en otra. En vez de pensar acerca de por qué ocurre (mercado de trabajo limitado, crisis vocacional, etc.), es útil considerar cómo ocurre. Este desplazamiento es posible porque al aprender a aprender uno puede auto-habilitarse para llevar a cabo tareas para las que no fue entrenado. E, incluso, aquellas que se aprendieron deben revisarse y, a veces, desaprenderse, especialmente si pensamos en la educación como un proceso de “escepticismo comprometido” (recuérdese la exhortación de Ortega y Gasset: “Siempre que enseñes enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”).

Cuando aún vivía al otro lado del Atlántico, dentro de las responsabilidades de mi trabajo estaba supervisar un programa de becarios. El programa no necesitaba mayor participación mía; funcionaba solo. Pero, como me gusta enseñar y dado que ocuparme de los presupuestos y contratos no era tan emocionante como lo pintan en las películas, creía que necesitaba unos estudiantes. Aunque sin la burocracia de cuando dictaba en la universidad (comités administrativos, reuniones interminables, etc.).

Decidí rediseñar el internship. Enmarcado como una situación de aprendizaje/enseñanza (sin distinguir claramente uno del otro), el programa se convirtió en un espacio auto-reflexivo donde cuestionábamos las actividades que desarrollábamos, el internship en sí mismo y la mismísima razón de existencia del Departamento de Educación de la institución que me había encargado su dirección.

La mejor manera de describir el programa sería: internship se encuentra con un book-club, se encuentra con un taller de debate, se encuentra con una clase de apreciación artística, se encuentra cada viernes para desarrollar propuestas, trabajar con el público, conversar, discutir lecturas y, si el tiempo lo permite, ir de picnic.

Desde cierta perspectiva, podría decir que no “necesitaba” modificar el programa de becarios. Funcionaba bastante bien sin el trabajo extra que requirió cambiarlo pero igual lo hice. Una vez, durante un picnic, uno de los becarios me preguntó: “¿y te pagan por esto?” Lo que me lleva de vuelta a Bloomberg.   

Dicho comentario presuponía la noción del trabajo-como-carga. Una idea nada nueva, considerando que, de acuerdo a la Biblia, el trabajo es la primera forma de castigo divino. No obstante, ese mismo comentario me permitió articular aquello que estaba interesado en “enseñar” por medio del programa. “Sí, me pagan por esto. Pero primero se me tuvo que ocurrir.” En breve, los picnics implementaban la idea de que el trabajo no tiene una forma que deba tomar por necesidad.

Esta idea tampoco es nueva, pues está ligada a la redefinición del trabajo, a la luz de las necesidades de conciliación personal y familiar. (Y mucho más dramáticamente ligada a la desaparición de la diferencia entre tiempo libre y tiempo laboral, producto de la colonización-de-todo por parte del capitalismo súper-tardío). Digamos, las antípodas del egocentrismo-masoquista del “¿quién tiene tiempo para amigos o familia, no ves que estoy trabajando?” por el que abogaba Mr. Bloomberg.

El contexto del discurso del alcalde era la transición del entorno pedagógico al entorno laboral, por lo que cabe recordar que la palabra “pedagogía” viene de los términos griegos paidos, “infante”, y agein, “guiar”.  La pregunta que resonaba en la mente de todos era, probablemente: ¿y a dónde nos han guiado?

Para los que estamos en el campo del arte, esto de las definiciones nos resulta problemático. El arte no es un campo de prescripciones y definiciones. Su historia narra el constante reto a los conceptos que intentan definirlo. El arte tampoco congenia con la educación entendida como “transmisión de información” (¿alguna vez se puede codificar el arte en una explicación?) ni es análogo al trabajo en el sentido de rutinas pre-establecidas (¿hay arte menos interesante que el formulaico?). En breve, el dominio del arte difícilmente es acerca de “lo conocido”.

Emprender lo desconocido bien puede ser el modo del compromiso que tenga el arte. Y quiero distinguir la incertidumbre por el futuro laboral (ligada a la precariedad del sector), de la incertidumbre acerca del significado y alcances del campo mismo. Pienso que el compromiso con un campo-del-saber se basa en la incertidumbre: su interrogación ha de ser constante. Y el ejercicio profesional debe acoger la posibilidad de cambiar su campo. No hay que olvidar que nuestras propias capacidades de discernir lo “posible” de lo “imposible” y los cambios “pequeños” de los “grandes” están entretejidas con nuestro momento ideológico, por lo que la validez descriptiva de estas categorías ya está comprometida.

No hay razón para adecuarse a la realidad ordinaria de lo-que-hay. Es precisamente porque otros no se adecuaron a lo-que-hay que el campo cultural que algunos estudiamos, que criticamos y en el que participamos, y en el cual buscamos desarrollarnos, existe. Ese legado amerita responder por él, responder a él y responder en el nombre de él. Y eso no tiene otro nombre que responsabilidad.