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¿Qué debe hacer el sector cultural español ante la crisis? Es una pregunta tan mala como urgente. Por ello ando preguntándome, en vez, ¿qué haría yo ante la crisis? Es decir, qué haría desde una función institucional del sector cultural y, más puntualmente de museos, que es lo que conozco de primera mano (aunque mi experiencia sea más bien yankee). En breve, me pregunto qué haría para hacer, así, sin dinero.

En clave optimismo self-help se dice que lo positivo de la crisis es que obliga a aguzar el ingenio y poner en marcha la creatividad. Claro, para diseñar una programación “a la medida” del tijeretazo. ¿Pero realmente solo basta con abaratar costos? Programar barato en alineación normativa con la nueva “realidad económica”, impuesta ideológicamente, sí que es posible. En el “tercer mundo” la programación low cost es práctica corriente—que suele pasar por la factotum-ización obligatoria de los trabajadores de la cultura y/o por su precarización—. Pero la imposición de un límite de “gasto” en cuanto al capital financiero no entraña que ese límite aplique a toda forma de “capital”. En ese sentido, simplemente programar actividades “baratas”, sin buscar redistribuir, al menos, capital simbólico, es acatar el recorte y reproducir su lógica para otras formas de capital.

El mercado laboral de la cultura lleva mucho tiempo siendo una suerte de factory outlet, donde la especulación produce mayores “ofertas” que entrañan mayores niveles de explotación. Una instancia ilustrativa de ello es la actual normalización de la presencia del becario/a en las instituciones culturales, cuya “remuneración” es inmaterial (experiencia, oportunidades, currículum, contactos, etc.) pero cuya contratación demanda habilidades y conocimientos que suponen elevados costos materiales para ser adquiridos (diplomas, títulos de grado y/o de postgrado).

Si bien insisto en que recurrir a este tipo de mano de obra “gratuita” es contraproducente, muchas veces se da el caso de que ya se cuenta con becarios como parte de un programa de internships que ya opera en la institución y que no depende de uno/a financiar ni desmantelar (aunque la “ley de mecenazgo” quizá permita recaudar fondos para salarios). Pero hay formas de recompensa y reconocimiento institucional que sí pueden conseguirse: descuentos en cafetería y tienda, invitaciones a eventos especiales (galas, vernissages, actos con artistas), otorgar membresías (por una duración mayor al tiempo de contrato), regalar entradas de cortesía y merchandising, dar vouchers de consumo (de la propia institución o de sus empresas patrocinadoras), etc. Además, hay reconocimientos a título individual, como una invitación a almorzar, regalar un libro, etc. Pero lo más importante es retribuir con capital simbólico. Habría que invertir (cuanto menos tiempo) en capacity building para los colaboradores, sean pagados, mal-pagados, o sin remuneración, y respaldarlos institucionalmente en su desarrollo. Un museo legitima y ese es un valor que puede usarse.

Es posible abrir el museo (centro cultural, sala de exposiciones, etc.) a las propuestas de sus colaboradores, especialmente a aquellas que no suponen mayor inversión monetaria. Y ya que vivimos bajo el mantra “no hay dinero”, no es posible malgastar el dinero que no se tiene. Luego, se pueden tomar riesgos sin mayor riesgo económico, como el de realizar algunas propuestas del staff flotante o interino. En ese sentido, aún así uno pretenda racionalizar las prácticas como una oportunidad de “hacer currículum”, sabemos que eso no equivale a poder poner en un CV “del 2012-2013 trabajé en la institución tal, en régimen de semi-esclavitud” (y sin mencionar, “sirviendo café y sacando fotocopias”).

Asumido el objetivo de capacity building, los recursos intangibles del museo (know-how, información, conocimientos, etc.) serían puestos al servicio de la propuesta de nuestro/a colaborador/a, para desarrollarla lo mejor posible. Pero no por ello el crédito del proyecto debe ser absorbido por la institución: sí, un/a rookie, estudiante o recién graduado/a,  puede tener su nombre en letras en vinilo sobre la pared o en el boletín del museo o en un brochure o, al menos, deletreado con algunos de los 140 caracteres de un tweet del museo, según corresponda a la envergadura del proyecto en cuestión.

Dinero falta, sin duda, pero hay mucha energía no utilizada en las instituciones, especialmente cuando el tedio aumenta y las retribuciones monetarias bajan. Pero el tiempo que se desperdicia, apáticamente, puede aprovecharse, las fuerzas dispersas pueden reorientarse, las capacidades no-empleadas reutilizarse: todo se puede reconducir. Y, en ese sentido, la energía que existe “alrededor” de una institución también puede movilizarse: a ello apunta la importancia creciente de las estrategias que buscan hacer converger las energías colectivas.

Pero para canalizar los esfuerzos y energías de dentro y alrededor de la institución, su “capitalización” debe ser redistributiva: programas para la institución, aprendizaje para el personal en general (o al menos el departamental) y experiencia de valía y prestigio para el staff “menor” artífice del programa (para no circular a los de siempre, como siempre). Hacerlo no solo es retribuir en “barato”; es reconfigurar las relaciones de poder al interior de la institución. No hay que dejar que el “modelo de descuento” revolucione, para mal, el sector, haciendo de la oferta cultural un remate: cultura de saldos. El mero abaratar no es ejercicio creativo si replicamos el modelo Bankero: cobrar igual, contratar a menos y por menos, producir reduciendo costes y bajando la calidad, para quedarnos igual con el crédito (pun intended).

Más bien, creo que habría que iniciar algo así como una revolución low cost de nuestras instituciones, transformando desde nuestra posición particular sus dinámicas y protocolos para que opere de formas más redistributivas (con sus oportunidades, sus intangibles, sus recursos, etc.). A la par, hay que continuar buscando formas para una justa remuneración económica del personal. Es un tema crucial para el desarrollo del campo cultural que, por lo tanto, debe estar en la agenda institucional; la interna y la pública.

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La verdadera figura de la crisis es el becario—en el sector cultural, al menos—. Ni el (artista, gestor/a, educador/a de museos, comunicador/a, etc.) desempleado ni la menguante “burguesía-aún-asalariada” (y a duras penas aburguesada) del mundo de la cultura la representan. No obstante, es innegable que la crisis fue notificada en un pink slip. Un diluvio de ellos.    

El becario personifica la crisis en toda su dimensión porque representa un modelo de “solución” a la crisis, alineado con la crisis. Más que ayudar a acabar con ella, facilita convivir con ella: su premisa es la crisis como “nuevo estado natural de las cosas”. Si las prácticas no remuneradas se están extendiendo como una plaga es porque emergen como fórmula paliativa de austeridad económica, acogida por las instituciones de cara a la drástica reducción de las inversiones en cultura, con miras a brindar servicios a muy bajo coste.

En EE.UU. este tipo de prácticas se convenian con los estudios (el 75% de los universitarios las hace), por lo que las conozco de primera mano. Alguna vez fui becario y trabajé gratis y también tuve becarios que trabajaron gratis (aunque el trabajo era lo de menos, pues mi programa se centraba en el aprendizaje y en ir de picnic). El sistema de internships norteamericano, que es tomado como referente, supone un problemático canje entre college, estudiante y empresa: créditos académicos y experiencia profesional a cambio de mano de obra.

En España, curiosamente, este modelo de la práctica no remunerada parece reproducir las “medidas de ajuste” del actual gobierno en tres aspectos fundamentales:

  1. Contrabandea una suerte de “reforma laboral reloaded”: sortea la regulación porque emplaza un limbo entre formación y trabajo que permite no-pagar (no hay tal cosa como un “sindicato de becarios”).
  2. Enarbola la bandera de la “austeridad”: la mano de obra gratuita no supone mayor “costo” para el empleador (público o privado). Pero dicho trabajo gratuito se presenta a modo de contraprestación a cambio de entrenamiento/experiencia.
  3. Avala la privatización de la educación: como “contraprestación”, supone una inversión personal (si bien en mano de obra) a cambio de formación profesional.

El modelo es promovido como un intercambio de mutuo beneficio para institución e intern, donde, supuestamente, el trabajo/entrenamiento gratuito que entraña podría ser realizado en un futuro, cobrando. Pero tal beneficio resulta dudoso al ser muy irregular la calidad de las estancias formativas y, sobre todo, porque la “racionalidad” de las prácticas es extrapolable a un amplio abanico de actividades/puestos culturales, casi prefigurando más recortes y, por ende, menos puestos remunerados. Al extenderse, las prácticas no remuneradas terminan produciendo una suerte de “dumping social” que deprecia los salarios y merma los niveles de vida, a pesar del plus formativo que supondría un internship. De ahí que el “becario serial” sea una figura emblemática del “precariado cognitivo”.

El becario encarna el cambio de modelo en políticas culturales impuesto a cuenta de la crisis, porque en ninguna otra figura la redefinición de las relaciones entre trabajadores culturales y poderes institucionales y políticos de la cultura—que introduce mayores cuotas de vulnerabilidad—resulta más radical. El desempleado/a ciertamente está en riesgo de exclusión social, pero es vulnerable por estar fuera del mercado laboral. El becario/a está desguarecido dentro del mercado laboral.

Así visto, resulta casi incomprensible que este modelo se esté extendiendo. Pero cada vez más jóvenes compiten por internships y son becarios/as—no sin esfuerzo y sacrificio (o redes de apoyo)—porque buscan oportunidades laborales (de las pagadas), pensando que es cuestión de que “vean que soy bueno/a”. Y por ello este modelo encaja tan bien con el mundo cultural, porque ya operamos con esta lógica.   

Por un lado, el mundo del arte está predicado sobre la mitología del talento individual como garante del ser “descubierto” y como medida de la recompensa social y económica (algo que socava los reclamos efectivos de “solidaridad” y emplaza la competencia individual). Un/a becario/a cultural sigue la tradición del artista de “apostar-con-su-labor”, pero difiere en la ambición de sus  miras: no busca fama-y-fortuna; se conforma con un empleo, confiándose a una meritocracia cada vez más incierta (a menos oportunidades, más se recurre a los contactos y los favores).

Por otro lado, esa “apuesta-con-la-labor” es la pierda angular del aparato expositivo y su “economía especulativa de la oportunidad”. El artista invierte tiempo, know-how, recursos, etc. en hacer una obra que cede temporalmente a una organización a cambio de nebulosas “oportunidades” de vender, de alcanzar reconocimiento crítico, de mayor difusión, etc. Un becario/a invierte su tiempo, conocimientos y esfuerzo por la oportunidad de ser contratado, de hacer currículum, de encontrar más oportunidades. 

En breve, el aparato cultural ya está ideológicamente “becarizado” en la medida en que funciona como un circuito en el que competimos por oportunidades sociales antes que económicas. Clamamos por la legitimación de las grandes “vitrinas” institucionales (como artistas, curators, críticos, gestores/as, etc.), porque fuera de ellas nos sentimos invisibles. Del mismo modo, becarios y becarias también anhelan la acreditación y la red contactos que sólo una organización les puede proveer, porque son un requisito implícito del mercado laboral.

Aún estando proactivamente abocados/as a nuestro desarrollo profesional (un empleo, un proyecto, una exposición, una publicación, etc.), nuestra relación con el aparato institucional de la cultura es, predominantemente, de subordinación y dependencia. De subordinación material, en la medida en que alimentamos al circuito con nuestras inversiones (en horas de trabajo, producción de obras, de textos, etc.) costeadas por nosotros/as mismos con nuestro nivel de vida—o de supervivencia—. Y de dependencia afectiva, porque respondemos a la tácita demanda institucional de producir nuestra “diferencia” subjetiva como su stock de reserva. No en vano el mundo del arte siempre ha sido su propio Facebook: todos (re)presentandonos en nuestra “singularidad creativa”, añorando un poco de atención. 

El trabajo gratuito (como apuesta por una participación a título individual en el circuito existente), siendo promovido desde el mismo sector cultural como respuesta a su crisis, sólo perpetúa su estado crítico, condenando al sector a una “agonía crónica”. Por ello el “becariado” es el colectivo que representa la “precarización sostenible” en la economía del conocimiento. Por ello el esfuerzo y sacrificio de un gran número de jóvenes interns, impulsados por la esperanza, la desesperanza y/o la desesperación, puede terminar jugando en su contra.

Arrojado a una competencia cada vez mayor por oportunidades cada vez más escasas, el “becariado” se aproxima a algo así como un “lumpen-becariado”: una base “a-gremial”—sin coordinación, cohesión o representación—que, estando resignadamente pendiente de la “clase dirigente” sectorial, viabiliza la agenda político-económica detrás de los recortes. En síntesis, una base en crecimiento que hace ficticiamente sostenible el decrecimiento económico del aparato cultural.

Pero, aún así, trabajar gratis es ya indispensable. A fin de cuentas, nadie nos va a pagar por erradicar las dinámicas de explotación y especulación dentro del sector. ¿Qué institución va a hacer contrataciones para implementar mecanismos de redistribución más justa de los recursos, la información y las oportunidades de desarrollo profesional que gestiona? Sí, vamos a tener que trabajar “gratis”. Pero no para hacer inversiones “especulativas” a título individual, sino para realizar, al fin, una gran inversión colectiva de titularidad “procomunal”. La plusvalía, nuestra.

Cuando me gradué, hace ya varios años, invitaron al alcalde, Michael Bloomberg, a dar el discurso de clausura. Nos transmitió sus preocupaciones sobre el “mundo real” y, poniéndose como ejemplo, nos dijo que para tener éxito teníamos que ser los primeros en llegar al trabajo y los últimos en irnos.

Aunque su consejo, más que un llamado al compromiso, parece una orden de auto-encarcelamiento, es más importante señalar su premisa tácita. Para Bloomberg, el trabajo es. Está establecido, es inamovible. Casi como si fuese razonable y necesario—como si quien inventó “el trabajo” hubiese hecho un buen trabajo—. Allí, en ese campus que nutrió nuestro pensamiento crítico estaba este señor diciéndonos que lo “dado” estaba efectivamente dado. El “mundo real” era “tal cual”.

La clausura situaba retrospectivamente al trabajo como el clímax de mi educación. Pero, contra lo que muchos alegan, los estudios y el trabajo no son interdependientes. No se estudia para adquirir habilidades para poder trabajar. Las habilidades que permiten trabajar se aprenden incidentalmente. La universidad es acerca del pensar y del preguntar. Y, siguiendo la idea radical de la libertad de expresión, al menos teóricamente, todo debería estar abierto a la interrogación. Incluyendo el “trabajo”.

En una nota más pedestre, la educación no es un servicio auxiliar del trabajo porque también ocurre que uno estudia una cosa y termina trabajando en otra. En vez de pensar acerca de por qué ocurre (mercado de trabajo limitado, crisis vocacional, etc.), es útil considerar cómo ocurre. Este desplazamiento es posible porque al aprender a aprender uno puede auto-habilitarse para llevar a cabo tareas para las que no fue entrenado. E, incluso, aquellas que se aprendieron deben revisarse y, a veces, desaprenderse, especialmente si pensamos en la educación como un proceso de “escepticismo comprometido” (recuérdese la exhortación de Ortega y Gasset: “Siempre que enseñes enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”).

Cuando aún vivía al otro lado del Atlántico, dentro de las responsabilidades de mi trabajo estaba supervisar un programa de becarios. El programa no necesitaba mayor participación mía; funcionaba solo. Pero, como me gusta enseñar y dado que ocuparme de los presupuestos y contratos no era tan emocionante como lo pintan en las películas, creía que necesitaba unos estudiantes. Aunque sin la burocracia de cuando dictaba en la universidad (comités administrativos, reuniones interminables, etc.).

Decidí rediseñar el internship. Enmarcado como una situación de aprendizaje/enseñanza (sin distinguir claramente uno del otro), el programa se convirtió en un espacio auto-reflexivo donde cuestionábamos las actividades que desarrollábamos, el internship en sí mismo y la mismísima razón de existencia del Departamento de Educación de la institución que me había encargado su dirección.

La mejor manera de describir el programa sería: internship se encuentra con un book-club, se encuentra con un taller de debate, se encuentra con una clase de apreciación artística, se encuentra cada viernes para desarrollar propuestas, trabajar con el público, conversar, discutir lecturas y, si el tiempo lo permite, ir de picnic.

Desde cierta perspectiva, podría decir que no “necesitaba” modificar el programa de becarios. Funcionaba bastante bien sin el trabajo extra que requirió cambiarlo pero igual lo hice. Una vez, durante un picnic, uno de los becarios me preguntó: “¿y te pagan por esto?” Lo que me lleva de vuelta a Bloomberg.   

Dicho comentario presuponía la noción del trabajo-como-carga. Una idea nada nueva, considerando que, de acuerdo a la Biblia, el trabajo es la primera forma de castigo divino. No obstante, ese mismo comentario me permitió articular aquello que estaba interesado en “enseñar” por medio del programa. “Sí, me pagan por esto. Pero primero se me tuvo que ocurrir.” En breve, los picnics implementaban la idea de que el trabajo no tiene una forma que deba tomar por necesidad.

Esta idea tampoco es nueva, pues está ligada a la redefinición del trabajo, a la luz de las necesidades de conciliación personal y familiar. (Y mucho más dramáticamente ligada a la desaparición de la diferencia entre tiempo libre y tiempo laboral, producto de la colonización-de-todo por parte del capitalismo súper-tardío). Digamos, las antípodas del egocentrismo-masoquista del “¿quién tiene tiempo para amigos o familia, no ves que estoy trabajando?” por el que abogaba Mr. Bloomberg.

El contexto del discurso del alcalde era la transición del entorno pedagógico al entorno laboral, por lo que cabe recordar que la palabra “pedagogía” viene de los términos griegos paidos, “infante”, y agein, “guiar”.  La pregunta que resonaba en la mente de todos era, probablemente: ¿y a dónde nos han guiado?

Para los que estamos en el campo del arte, esto de las definiciones nos resulta problemático. El arte no es un campo de prescripciones y definiciones. Su historia narra el constante reto a los conceptos que intentan definirlo. El arte tampoco congenia con la educación entendida como “transmisión de información” (¿alguna vez se puede codificar el arte en una explicación?) ni es análogo al trabajo en el sentido de rutinas pre-establecidas (¿hay arte menos interesante que el formulaico?). En breve, el dominio del arte difícilmente es acerca de “lo conocido”.

Emprender lo desconocido bien puede ser el modo del compromiso que tenga el arte. Y quiero distinguir la incertidumbre por el futuro laboral (ligada a la precariedad del sector), de la incertidumbre acerca del significado y alcances del campo mismo. Pienso que el compromiso con un campo-del-saber se basa en la incertidumbre: su interrogación ha de ser constante. Y el ejercicio profesional debe acoger la posibilidad de cambiar su campo. No hay que olvidar que nuestras propias capacidades de discernir lo “posible” de lo “imposible” y los cambios “pequeños” de los “grandes” están entretejidas con nuestro momento ideológico, por lo que la validez descriptiva de estas categorías ya está comprometida.

No hay razón para adecuarse a la realidad ordinaria de lo-que-hay. Es precisamente porque otros no se adecuaron a lo-que-hay que el campo cultural que algunos estudiamos, que criticamos y en el que participamos, y en el cual buscamos desarrollarnos, existe. Ese legado amerita responder por él, responder a él y responder en el nombre de él. Y eso no tiene otro nombre que responsabilidad.