Se insiste en la idea de que en España “hubo demasiado dinero” destinado al ámbito cultural. Poco a poco se oficializa la versión de que el mundo cultural “vivió por encima de sus posibilidades”, como si el despilfarro en infraestructuras—instigado por la codicia de la burbuja del ladrillo al amparo de la ostentación política—fuese un indicador de las inversiones en el sector cultura en general. La “lógica de la austeridad” se impone a tijeretazos y, a este paso, terminará diciéndose que invertir en cultura es en sí mismo “vivir por encima de nuestras posibilidades”. El maniqueísmo económico sólo conoce dos polos: la subsistencia y lo suntuario.

Damien Hirst, For the Love of God (2007)

El mercado artístico global no sabe de austeridades (en plena crisis, en 2011, se alcanzó un récord histórico de ventas) y fomenta precios astronómicos para algunas obras, abonando la concepción del arte como “bien de lujo”. La importancia creciente del rol del arte en la diferenciación social (simbolizar la desigualdad), lo insinúa el que la China comunista de la mano de obra barata, esa que fabrica los iPads, es ya el mercado artístico más grande del mundo. Si a eso sumamos que en el reducido público cultural suelen confluir el privilegio social, económico y educacional, la imagen de elitismo que se dibuja casi permitiría reclamar un cariz de izquierda para los recortes, como si reivindicaran que los ricos no necesitan de subvenciones para sus aficiones.

Pero las artes visuales, la literatura, la música, etc., son también campos profesionales y la gran mayoría de los trabajadores culturales no conforman una élite económica. Antes que “vivir por encima de sus posibilidades”, buscan posibilidades para vivir. Con el auge de las prácticas no-remuneradas, se genera la ficción de que se puede “recortar sin recortar”. Pero la mano de obra gratuita del “becariado” (los becarios-precarios) funciona cual “dumping social”, devaluando el empleo cultural—todavía más—.

Más importantemente aún, el mundo cultural y sus aparatos institucionales postulan significados de alcance colectivo que nos afectan a todos: los valores sociales, más que reflejarse, se modelan a través de las producciones culturales que consagramos. ¿Es el relato de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que podemos ser algo accesorio? Si la politización (partidista) de la cultura preocupa, la corporativización de la cultura resulta aún más preocupante porque no hay elecciones al poder empresarial. Solo hay junta de accionistas.

La cultura es un lujo como la reflexión es un lujo y como el pensamiento crítico es un lujo. Existe un correlato entre “la cultura” y el pensamiento crítico. En ese sentido, acaso recortar en cultura facilite la subsistencia de un nuevo status quo de mayor desigualdad. Por ello, resulta difícil conciliar la supuesta búsqueda de “salidas creativas a la crisis” con los recortes en investigación y en las artes—que precisamente han hecho de la creatividad su seña identitaria—. Pero la ideología de la austeridad se llama pragmatismo y, bajo su lente, lo que no revista utilidad inmediata es un lujo o un desperdicio (¿no ve así la nueva “eficiencia” universitaria a los departamentos de humanidades?).

Así visto, el ejercicio de la creatividad misma estaría en vías de considerarse un lujo. Aunque, a decir verdad, el mundo cultural, con su culto a la creatividad individual (en detrimento de su dimensión colectiva y de su carácter universal), fue el primero en dar la pauta. El triunfo del mercado solo otorgó carta de ciudadanía a la vanidad del dinero, como si la creación lo tuviese como fin último, como si la producción cultural hubiese surgido para entretener a sus patronos. Ya lo dijo el viejo Pound hablando sobre los orígenes de la poesía inglesa: esos versos “no fueron hechos para el entretenimiento de ningún hombre, sino porque un hombre que se aferraba al silencio no pudo dejar de hablar”.

Y es silencio lo que imponen, a su modo, los recortes: menos recitales, conciertos, representaciones teatrales, etc. Pero también lo cultivan: desde las postergaciones a la publicación de los presupuestos generales, pasando por los eufemismos como una forma de callar lo que se anuncia.

Lo que sí se oye es la cantaleta de los medios sobre el derroche en el mundo cultural, tendiendo la alfombra roja a los recortes que aún están por venir. Y vendrán. Y cuando lleguen, ¿se le acusará a la cultura de sobrevivir por encima de sus posibilidades?

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