No es necesario consultar las estadísticas. Muchos de mis amigos vinculados al mundo cultural español han perdido sus empleos estas últimas semanas. Otros los habían perdido antes. El pragmatismo filisteo con que se ha encarado la crisis comenzó metiendo tijera en los presupuestos de cultura y sigue recortando allí donde no queda nada que recortar. La última respuesta del gobierno español a la crisis ha sido una reforma laboral que universaliza la precariedad (el empleador puede bajar sueldos, cambiar los términos, las responsabilidades, los horarios y los lugares de trabajo unilateralmente; y despedir barato si las nuevas condiciones no son aceptadas).

Sin embargo, en el mundo artístico tenemos la dudosa ventaja de estar acostumbrados a la precariedad laboral (por ello, aquello de que el artista se muere de hambre es apenas un cliché: para subsistir la mayoría de artistas recurren al pluri-sub-empleo en trabajos no-artísticos). Es cierto, ya no hay (tanto) dinero. Pero no hay que olvidar que en esta crisis financiera el tesoro público ha servido de aval del capital privado. Tampoco hay que olvidar que el miedo y la sensación de urgencia son instrumentos políticos. Así, la crisis es un buen pretexto para replantear no solo las políticas culturales sino el mismísimo lugar (social) de la cultura. Con los ajustes se impone una lógica según la cual sólo debe subsistir aquello que el mercado acoja: ¡rentabilidad o muerte!

El problema de la “rentabilidad financiera de la cultura” concierne a las posibilidades de experimentar, de inventar, de innovar. ¿Cómo garantizar el éxito comercial de algo que no se ha ensayado antes? Si se quiere garantizar rentabilidad, lo más seguro es lo conocido. Pero si algo tiene de interesante el arte es su dimensión impredecible. ¿No fueron tantas “obras maestras” inicialmente un ensayo estético? De hecho, la capacidad experimental define al campo artístico. Y dicha capacidad es impensable sin la libertad para fracasar en el intento.

Evidentemente la noción de resultado cambia según la perspectiva. Una obra que resulte un “fracaso” económico no entraña necesariamente un fracaso creativo, porque toda creación abre vías potenciales a nuevas prácticas que pueden resultar más exitosas, tanto crítica como económicamente. Samuel Beckett resumió esta idea así: “Si intentaste. Si fallaste. No importa. Intenta otra vez. Falla otra vez. Falla mejor.”

Por otra parte, el reconocimiento público de una obra de arte o un artista puede producirse tardíamente. A lo largo de la historia la experimentación ha sido frecuentemente “subvencionada” por las penurias de los artistas—el reconocimiento póstumo de Van Gogh no lo salvó de la miseria—. Pero hoy, con los recortes generalizados en cultura, pareciese que incluso aquello “probado y conocido” será “financiado” en base al empobrecimiento de los trabajadores culturales y, consecuentemente, habrá menos cabida para la experimentación. 

Con o sin crisis, la contabilidad presupuestaria no mide los alcances de la cultura porque las cuentas de la Responsabilidad Social en cultura son otras. No se rinden a los accionistas, ni al fisco, ni a los administradores (aunque deberían pedirlas). Hacer frente a la creciente precariedad del sector cultural es vital. Para ello, las instituciones culturales deben plantearse este reto y buscar responder a los trabajadores culturales como colectivo, y no sólo a aquellos artistas exitosos a quienes acogen, difunden y (re)valorizan. Porque luchar contra la precariedad es defender ese espacio fundamental para la experimentación y para el descubrimiento.  

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