“Kill all your darlings.” Ese era el consejo de William Faulkner para los futuros escritores: huir de la placidez de esa “zona de confort” acolchonada por los tan queridos recursos familiares. En la complacencia seguiremos haciendo lo mismo; la innovación y la creación yacen más allá de nuestra zona de confort. “Atrévete a tomar riesgos” sería la lección de Faulkner. Al amparo de esa lógica, recortar bienestar impulsaría la toma de riesgos fomentando el emprendimiento de nuevos retos. Un poco como cuando las aves supuestamente empujan a sus polluelos fuera del nido, en una invitación de vida o muerte a emprender el vuelo.

En ese sentido, se diría que la reciente reforma laboral del gobierno de Rajoy apela a la tesis faulkneriana como invitación obligatoria a tomar riesgos. No obstante, la normativa laboral reformada no constituía una “zona de confort” sino un marco de seguridad. Una zona de confort invita a la autocomplacencia. Una red de seguridad ahuyenta la angustia. Luego, las actitudes que cataliza la sensación de inseguridad no son las mismas que fomenta el salir fuera de la zona de confort, ni tampoco son similares a las que precipita la desesperación.

Ahora bien, el horizonte del desempleo y la exclusión social produce un efecto distorsionador que acerca la seguridad al confort: para un desempleado de larga duración un empleo fijo puede terminar pareciendo un privilegio antes que un derecho. Pero en un contexto tal, no solo los derechos aparecen distorsionados sino también los deberes. Por ello, cumplir la ley puede percibirse como un lujo para alguien desesperado. ¿No ha cambiado el perfil del ladrón de supermercados? ¿No es gente “normal” cuyo empobrecimiento la empuja a robar? A fin de cuentas, la toma de riesgos y el emprendimiento no tienen por que seguir cauces legales.

Quizás el gobierno confía en que aquellos que pueden perderlo todo se paralicen aferrándose a lo poco que tienen. Pero, ¿y los otros que también pagan la crisis? No les queda otra que emprender y tomar riesgos. La pregunta es de qué forma. Cuando no se tiene nada que perder, se puede poner en juego hasta la propia vida: para subirse a una patera se necesita mucho valor y/o mucho miedo (para subirse a un avión sólo hace falta el billete y la sensación de “no hay futuro”). Otra forma de jugársela es la rebelión, incluso aún bajo amenaza de represión o de muerte. Después de todo, la mera oferta de “subsistir” no es suficiente para comprar la vida.

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