Hace algunas semanas leía en la prensa un nuevo ataque al arte moderno/contemporáneo, denunciando su presunta vocación por el impacto—inscrita en la “tradición de lo  nuevo”, como la llamaba Harold Rosenberg—. Lo recordé hace unas semanas cuando veía con mi hijo un par de obras de arte que, en cierta forma, nos resultaban más que impactantes “chocantes”. No hablo de obras controversiales contemporáneas, de esas que algunos desestiman fácilmente como meras provocaciones. Me refiero al Cristo yacente de Hans Holbein, el joven (1497-1543), y a la Crucifixión de Matthias Grünewald (c.1475 -1528), ambas expuestas en el Kunstmuseum de Basilea.

El texto en cuestión se inscribe en un género tradicional de las letras culturales cuyos marcadores son la alerta ante la inminente desaparición de “la tradición”, el reclamo por su recuperación y/o el lamento anticipado por su pérdida. Según el artículo, las filas de la tradición estarían formadas por “obras maestras” que reelaboraron tradiciones aún anteriores (en continua regresión temporal, imagino) y las filas contrarias (¿la tradición anti-tradicional?) estarían formadas por meros “gestos” sin alcance temporal.

Confieso que no entiendo esta concepción del “gesto” frente a la “obra”. ¿De qué “tamaño” es un gesto? ¿Y una obra? ¿Es más grande? ¿Tiene otra temporalidad? Más aún, ¿puede una obra contener un gesto? Y de ser así, ¿qué es lo trascendente, el gesto dentro de la obra u otra cosa?

Si algo me resultó impactante de los cuadros mencionados es su recurso al gesto. En la crucifixión de Grünewald (pintada entre 1500 y 1508), las manos crispadas del Cristo agonizante, los dedos forzadamente entrecruzados de las tres Marías y de San Juan Evangelista despliegan una coreografía gestual del sufrimiento, puntuada por sus rostros dolientes ante el cuerpo purulento de Cristo. En el cuadro de Holbein (pintado entre 1520 y 1522), la mortandad de Dios hecho hombre la revela el gesto de su rostro, con la mirada perdida en alguna parte y la boca entreabierta, y de su mano, con el dedo medio señalando.

Curiosamente, Hans Holbein, el viejo, llevó a su hijo Hans, el joven, a ver el altar de Isenheim, de Grünewald, que es una versión posterior (c.1515) y a escala mayor de la crucifixión que está en Basilea. Contrastando las imágenes, me atrevo a imaginar que el fantasma pictórico de ese Cristo acechaba al joven Hans cuando usó un cadáver sacado del río Rin como modelo. El resultado es chocante aún tomando en cuenta la perspectiva histórica. Ya decía el Príncipe Myshkin de Dostoyevsky que el cuadro de Holbein tenía el poder de hacerle perder la fe a su espectador.

Evidentemente, la representación elaborada de un gesto no es lo mismo que un gesto. Estas son obras complejas que han requerido disciplina y trabajo. Pero, ¿y un gesto?  El hecho de que la disciplina y el trabajo de una obra arbitrariamente catalogada como “gesto” no sean auto-evidentes no significa que no existan. ¿Cuánto tiempo de reflexión toman las soluciones aparentemente simples? Lo que tradicionalmente conocemos como inspiración es la concreción instantánea de larguísimas horas de pruebas fallidas e ideas inconclusas. Pero estas no siempre dejan rastro. Uno de los muchos problemas de “la teoría estética de la jornada laboral” es que no sabe cómo contabilizar aquellas formas de trabajo creativo que no son artesanalmente intensivas.

Pero hay gestos que te cambian la vida: miradas, palabras, sonrisas. Algunos casi imperceptibles. Me ha pasado incluso en mi propia experiencia: un sonido en particular, un movimiento corporal o una forma en el espacio me han marcado. Y este tipo de impacto también se ha producido con gestos en negativo: la ausencia de una forma en el espacio, la ausencia de un sonido en un momento dado o una palabra no escrita han cambiado mi manera de relacionarme con campos de la cultura y el conocimiento. Pienso que la ausencia de lo esperado traza un horizonte de posibilidad para la invención en el que la tradición necesariamente ha de reelaborarse. No olvidemos que hay meros gestos que—parafraseando a Quevedo—son tan breves que para entenderlos como se merecen se necesita una vida muy larga.

 

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