Los mismos medios con que difundo estas líneas nos proclaman como más que meros consumidores: “producimos” contenidos: discursos, imágenes, conceptos, incluso tendencias (mediante prefijos “RT” o hashtags). Somos creadores.

“Creatividad” es ese buzzword que circula con la facilidad de un comodín entre los ámbitos político, económico y cultural—aunque en el sector cultural se presenta como requerimiento laboral y “factor genético” del gremio—. No más víctimas del proceso de “desmaterialización” del capitalismo (ese de “todo lo sólido se desvanece en el aire”), como creativos operamos en sus mismos términos:

  • Nuestra producción es mayormente inmaterial: generar ideas, gestionar bienes, organizar eventos, difundir saberes, etc. (el universo de la service economy).
  • Nuestras competencias laborales y habilidades sociales (incluidas las de las “redes sociales”) hacen eco de las características del capitalismo tardío: movilidad, flexibilidad, adaptabilidad, etc.

El modelo de trabajo creativo se confunde con un estilo de vida. Producimos e intercambiamos signos (de estatus, de conocimiento, de identidad), simultáneamente totalizándonos e individualizándonos. Por un lado, las teorías sobre la creatividad como capacidad innata universal extienden esta totalización. Pero la distribución desigual de la creatividad entre las personas nos individualiza: nuestro marcador de diferencia no es una afiliación socio-económica, sino una característica interna: “creatividad”.

El concepto de creatividad como capacidad interna acoge al individualismo promulgado por un modelo económico y un régimen legal: la propiedad intelectual. Como la orientación profesional de la economía del copyright, el individualismo fomenta el culto a la personalidad creativa. Y el narcisismo emerge como su marca caracterológica, impulsando la individuación como branding.

Pero el narcisismo no se agota en la orientación a la autopromoción. A través de las dinámicas de idealización del narcisismo, se sostiene la ficción del control sobre las condiciones que someten al sujeto: una representación mental idealizada “empoderiza” a su objeto negando su subordinación a factores económicos, sociales y culturales. Es decir, tal narcisismo está ligado a la perpetuación de las condiciones laborales del sector cultural. De ahí la ficción de que “intercambiamos seguridad laboral por autonomía”. Así, las consecuencias de las políticas económicas neoliberales de desregulación y privatización pueden concebirse como desafíos y responsabilidades individuales. Así podemos imputar la precariedad laboral a la “capacidad de riesgo” y “libertad” creativas: la precariedad sería una elección excéntrica propia de nuestro “compromiso” creativo.

No es casual que “creatividad” sea el término fetiche de la actual política económica, especialmente en estos tiempos de crisis. Pero no sólo como la imaginaria cantera de las grandes soluciones para los grandes problemas. La creatividad (discursivamente “empresarializada” en alianza con el marketing), es presentada como herramienta económica: una salida personal a la crisis. Su “potencial infinito” es confinado a sus fines potenciales encarnados en la propiedad intelectual.

Aquí la noción de “fetiche” va más allá del coloquialismo. Al considerar el persistente mito de la creatividad como “liberación”, emerge su sentido psicoanalítico. La cultura laboral creativa suele presentarse como si no tuviese normas, ni jefes, ni protocolos: sin el tedio asociado al trabajo. En tales estereotipos de trabajo creativo convergen el juego y el deber, un hobby y el workaholism y la vocación y la necesidad. La articulación de estos polos opuestos sería conflictiva pero, como sucede en el fetichismo, el conflicto es desplazado porque la contradicción es desmentida (no reconocer la evidencia percibida que contradice determinada concepción del mundo).

Según el psicoanálisis, el fetiche constituye un hito que conmemora un acontecimiento que el sujeto no quiere admitir. En el fetichismo de la creatividad, la dimensión “liberatoria” del trabajo creativo fija la atención en una idea abstracta de libertad que desplaza toda mención a marcos concretos de libertad: jornada de trabajo, tiempo libre, vacaciones, bajas laborales, beneficios, etc. Es decir, la desaparición de las demarcaciones entre trabajo y no-trabajo se toma como si la fusión de trabajo y vida liberarse al trabajo de sí mismo (acercándolo a la “vida”), cuando más bien se coloniza a la vida acercándola al trabajo.

Asimismo, el concepto marxista de “fetichismo” resulta igualmente pertinente. Parafraseando a Marx, la mercancía refleja las características sociales del trabajo humano como características objetivas de los mismos productos del trabajo. Es decir, lo que se valora en la mercancía no es la utilidad del bien sino su capacidad de intercambio por otros bienes, algo que también se aplica a la labor que todo bien entraña. En tal sentido, el fetichismo de la mercancía es el encubrimiento de las relaciones sociales conflictivas que produjeron esa misma mercancía que nos “embruja” de ese modo.

Ahora bien, la creatividad-como-mercancía reflejaría sus características sociales como características objetivas de lo que ese tipo de trabajo produce: lo “nuevo”, lo “distinto”, lo “innovador”, etc. Pero la creatividad—que no constituye un cuerpo disciplinar—se fundamenta en relaciones sociales como la cooperación y la colaboración (activas o pasivas) cuyas dinámicas particulares son ajenas a la “división del trabajo”. Consiguientemente, como mercancía, el trabajo creativo objetiva las dinámicas de un entorno de cooperación como una propiedad natural del “sujeto creativo”.

Al amparo del modelo económico de la propiedad intelectual, se sortearían los impulsos “comunales” de la cooperación y la colaboración, cerrando el trabajo creativo a la comunalización de sus beneficios. El trabajo creativo presentaría una estructura “neoliberal”: servirse de fuerzas colectivas para planes individualistas.

Podría decirse que el discurso sobre el trabajo creativo del capitalismo cognitivo persigue acotar el campo de posibilidades de la creatividad. Supuestamente, la creatividad estaría puesta al servicio de producir capital y de reproducir las relaciones existentes, las estructuras existentes, la ideología dominante.

Ante la promoción de este modelo de creatividad, resulta indispensable recuperar el potencial de la creatividad como pura potencialidad, que incluye la capacidad potencial para reconfigurar todo orden laboral, económico y vital. Porque la creatividad contiene un núcleo latente de insubordinación ante lo dado, capaz de rechazar toda forma de instrumentalización.

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