¿Qué te puedo decir ahora que andas muerta, niña? Nada. Pero en verdad no hay nada que pueda decirte. En realidad nunca lo hubo. Lo único que pretendí era agitar mariposas en tu mente, llenar el universo de orugas llamadas a devorar lo que estaba más allá de lo que parecía imposible. Lo único que pretendí era que alguna pregunta quedase al borde de tus labios, quizás como si fuera lip gloss. Pero no hay nada que pueda decirte ahora que te agitas como una mariposa en mi mente, ahora que aleteas recuerdos antiguos que se guardaron a la espera de un arconte, a la espera de la firma de un consignatario. A la espera de un entomólogo que clasifique cada color iridiscente de tus alas en una caja de cristal llena de rótulos informativos, como si la clase no hubiese terminado ya sin siquiera comenzar. A la espera de un tonto forense que declare que la memoria es el territorio del olvido. A la espera de un estúpido forense que cree que debe hacer su trabajo. Agita, pues, estos recuerdos porque no importa ya esta alergia que me produce el pasado.

Más bien te pido algo ahora que tú… bueno, ya sabes. Dime tú lo que hay que saber. Dime tú cómo se aprende a vivir. Enséñame tú. Dime tú todo, ahora que has ido demasiado lejos. Ahora que tu recuerdo es un poco irreal. Ahora que no sé describir la manera cómo me siento. Ahora que se desvanece toda ilusión, porque quizás hay cosas que terminan, aunque hasta ahora me niego a creerlo (aunque sé demasiado bien que es verdad). Dímelo por favor ahora que te han arrancado la vida como un mago arranca un mantel con la mesa puesta. Ahora que te han arrancado la vida con ese ímpetu que se parece tanto al amor. Que es igual al amor. Que es el amor en sí mismo. Dime pues, de qué se trata la vida, el amor y la muerte, ahora que ya lo sabes todo.

Donde quiera que estés, para ti.
Un beso,
Max

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