Cuando me gradué, hace ya varios años, invitaron al alcalde, Michael Bloomberg, a dar el discurso de clausura. Nos transmitió sus preocupaciones sobre el “mundo real” y, poniéndose como ejemplo, nos dijo que para tener éxito teníamos que ser los primeros en llegar al trabajo y los últimos en irnos.

Aunque su consejo, más que un llamado al compromiso, parece una orden de auto-encarcelamiento, es más importante señalar su premisa tácita. Para Bloomberg, el trabajo es. Está establecido, es inamovible. Casi como si fuese razonable y necesario—como si quien inventó “el trabajo” hubiese hecho un buen trabajo—. Allí, en ese campus que nutrió nuestro pensamiento crítico estaba este señor diciéndonos que lo “dado” estaba efectivamente dado. El “mundo real” era “tal cual”.

La clausura situaba retrospectivamente al trabajo como el clímax de mi educación. Pero, contra lo que muchos alegan, los estudios y el trabajo no son interdependientes. No se estudia para adquirir habilidades para poder trabajar. Las habilidades que permiten trabajar se aprenden incidentalmente. La universidad es acerca del pensar y del preguntar. Y, siguiendo la idea radical de la libertad de expresión, al menos teóricamente, todo debería estar abierto a la interrogación. Incluyendo el “trabajo”.

En una nota más pedestre, la educación no es un servicio auxiliar del trabajo porque también ocurre que uno estudia una cosa y termina trabajando en otra. En vez de pensar acerca de por qué ocurre (mercado de trabajo limitado, crisis vocacional, etc.), es útil considerar cómo ocurre. Este desplazamiento es posible porque al aprender a aprender uno puede auto-habilitarse para llevar a cabo tareas para las que no fue entrenado. E, incluso, aquellas que se aprendieron deben revisarse y, a veces, desaprenderse, especialmente si pensamos en la educación como un proceso de “escepticismo comprometido” (recuérdese la exhortación de Ortega y Gasset: “Siempre que enseñes enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”).

Cuando aún vivía al otro lado del Atlántico, dentro de las responsabilidades de mi trabajo estaba supervisar un programa de becarios. El programa no necesitaba mayor participación mía; funcionaba solo. Pero, como me gusta enseñar y dado que ocuparme de los presupuestos y contratos no era tan emocionante como lo pintan en las películas, creía que necesitaba unos estudiantes. Aunque sin la burocracia de cuando dictaba en la universidad (comités administrativos, reuniones interminables, etc.).

Decidí rediseñar el internship. Enmarcado como una situación de aprendizaje/enseñanza (sin distinguir claramente uno del otro), el programa se convirtió en un espacio auto-reflexivo donde cuestionábamos las actividades que desarrollábamos, el internship en sí mismo y la mismísima razón de existencia del Departamento de Educación de la institución que me había encargado su dirección.

La mejor manera de describir el programa sería: internship se encuentra con un book-club, se encuentra con un taller de debate, se encuentra con una clase de apreciación artística, se encuentra cada viernes para desarrollar propuestas, trabajar con el público, conversar, discutir lecturas y, si el tiempo lo permite, ir de picnic.

Desde cierta perspectiva, podría decir que no “necesitaba” modificar el programa de becarios. Funcionaba bastante bien sin el trabajo extra que requirió cambiarlo pero igual lo hice. Una vez, durante un picnic, uno de los becarios me preguntó: “¿y te pagan por esto?” Lo que me lleva de vuelta a Bloomberg.   

Dicho comentario presuponía la noción del trabajo-como-carga. Una idea nada nueva, considerando que, de acuerdo a la Biblia, el trabajo es la primera forma de castigo divino. No obstante, ese mismo comentario me permitió articular aquello que estaba interesado en “enseñar” por medio del programa. “Sí, me pagan por esto. Pero primero se me tuvo que ocurrir.” En breve, los picnics implementaban la idea de que el trabajo no tiene una forma que deba tomar por necesidad.

Esta idea tampoco es nueva, pues está ligada a la redefinición del trabajo, a la luz de las necesidades de conciliación personal y familiar. (Y mucho más dramáticamente ligada a la desaparición de la diferencia entre tiempo libre y tiempo laboral, producto de la colonización-de-todo por parte del capitalismo súper-tardío). Digamos, las antípodas del egocentrismo-masoquista del “¿quién tiene tiempo para amigos o familia, no ves que estoy trabajando?” por el que abogaba Mr. Bloomberg.

El contexto del discurso del alcalde era la transición del entorno pedagógico al entorno laboral, por lo que cabe recordar que la palabra “pedagogía” viene de los términos griegos paidos, “infante”, y agein, “guiar”.  La pregunta que resonaba en la mente de todos era, probablemente: ¿y a dónde nos han guiado?

Para los que estamos en el campo del arte, esto de las definiciones nos resulta problemático. El arte no es un campo de prescripciones y definiciones. Su historia narra el constante reto a los conceptos que intentan definirlo. El arte tampoco congenia con la educación entendida como “transmisión de información” (¿alguna vez se puede codificar el arte en una explicación?) ni es análogo al trabajo en el sentido de rutinas pre-establecidas (¿hay arte menos interesante que el formulaico?). En breve, el dominio del arte difícilmente es acerca de “lo conocido”.

Emprender lo desconocido bien puede ser el modo del compromiso que tenga el arte. Y quiero distinguir la incertidumbre por el futuro laboral (ligada a la precariedad del sector), de la incertidumbre acerca del significado y alcances del campo mismo. Pienso que el compromiso con un campo-del-saber se basa en la incertidumbre: su interrogación ha de ser constante. Y el ejercicio profesional debe acoger la posibilidad de cambiar su campo. No hay que olvidar que nuestras propias capacidades de discernir lo “posible” de lo “imposible” y los cambios “pequeños” de los “grandes” están entretejidas con nuestro momento ideológico, por lo que la validez descriptiva de estas categorías ya está comprometida.

No hay razón para adecuarse a la realidad ordinaria de lo-que-hay. Es precisamente porque otros no se adecuaron a lo-que-hay que el campo cultural que algunos estudiamos, que criticamos y en el que participamos, y en el cual buscamos desarrollarnos, existe. Ese legado amerita responder por él, responder a él y responder en el nombre de él. Y eso no tiene otro nombre que responsabilidad.

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