Marx decía que era necesario ascender a lo concreto. Claro que no lo decía en sentido literal, pues estaba aludiendo a la concepción hegeliana de lo abstracto y lo concreto, que no pienso abordar aquí (esta en la “Enciclopedia…” de Hegel). Pero creo que habría que adoptar dicha idea precisamente de forma literal en la educación artística.

Sería una forma de evitar el recurso a la elucubración fantástica que, pretendiendo elevarse al estrato teórico-conceptual de una obra de arte, la aleja de la realidad, tácitamente negando lo que el arte tiene de intervención en el mundo presente.

Una aproximación factual no es ajena a las complejidades discursivas de una obra. Lo concreto permite situarnos en la realidad de la experiencia de la obra: en su aquí y ahora. Pero ese “aquí y ahora” pone en juego nuestro bagaje de experiencias (nuestra historia vivencial) en relación con las que una nueva experiencia adquiere significado. Después de todo, las experiencias habilitan el tener otras experiencias. La “experiencia” es sumatoria—piénsese en la adquisición de un “gusto adquirido”—y se conjuga con otras, tanto similares como disímiles.

Por ello es que una experiencia-artística puede ser enmarcada en referencia a otras, extra-artísticas. Sin embargo, ser pedagógicamente rigurosos requiere establecer relaciones experienciales que respondan a la lógica de la obra de arte, a fin de promover un encuentro real entre audiencia y obra. Enmarcar una nueva experiencia-artística en relación con experiencias previas permite que ésta se pueda convertir en un punto de referencia significativo para experiencias artísticas futuras. La pregunta es cómo establecer una conexión referencial que, siendo accesible, reconozca y aborde las complejidades del arte: ¿cómo abordar el pensamiento abstracto de maneras concretas?

Por supuesto que existen modelos de pensamiento abstracto muy conocidos a los que se puede recurrir (las matemáticas, por ejemplo), muy afines a ciertas prácticas artísticas (piénsese en el conceptualismo o el minimalismo). Sin embargo, el terreno compartido fundamental es el de la imaginación y sus saltos. Es importante establecer una conexión familiar entre experiencias, pero no para familiarizar una experiencia que es desfamiliarizante en sí misma: algo es imaginativo precisamente porque nos presenta algo que no nos resulta familiar (por ello es que la idea de “familiarizar” al espectador con la obra de arte es contraria a una pedagogía del arte atenta a sus implicaciones).

Un programa educativo que busca fomentar el encuentro entre audiencia y obra de arte debe ser una respuesta a la obra y no su eco (como tantas atroces actividades que se basan en la replicación en pequeña escala—material, conceptual y estética—de la obra). Por ello, sería conveniente concebir a las actividades pedagógicas como una metáfora del concepto de una obra o una metonimia de su proceso artístico (los que tienen manifestación concreta) y no su mímesis.

A fin de cuentas, la Educación Artística ha de organizar una respuesta creativa a una experiencia artística, asumiendo una doble responsabilidad: la de responder al artista en sus propios términos y la de reconocer la capacidad del público de comprender la obra de arte en sus propios términos.

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