Escribo. Digamos que un “hola” (hola). Estas palabras—que también son estas mismas—instituyen el open address de un blog (another one, that is), así “abierto al mundo”, que las entrega a la desposesión a la que las palabras están sometidas y a la que nos someten, desde siempre. Y a la par, mis palabras—que son estas—encarnan una apuesta, vana quizás, no sólo de no-desposesión, sino de posesión interlocutora: algo así como un contacto-en-el-desfase con el otro. Puesto en otras palabras, si mis ojos leen estas palabras y otros—digamos tuyos—podrían hacerlo también, ¿no es esa una oportunidad para su encuentro, a pesar de esta pantalla?

Al margen de todo este universo online, el espacio de la escritura es, en sí mismo, un espacio virtual. Un espacio en el que se especula el recorrido de un mensaje: un movimiento comunicacional que es, a fin de cuentas, el movimiento de uno a otro. En este espacio virtual me postulo como remitente, un asunto relativo al tomar la palabra y, sobre todo, al dar la palabra. Pero también es un asunto de dirección: de address, digamos. Y, sin embargo, una dirección es un sentido también y el sentido que tiene dar-la-palabra no puede anticiparse. Por ende, no hay dirección alguna que garantice al destinatario. (La mismísima palabra “remitir” remite a un universo de sentidos distintos: enviar, expedir, consignar, dirigir, menguar, aplacar, diferir, aplazar, dispensar, ceder, someter, etc., en el que fácilmente nos extraviamos). ¿Cómo ser un “remitente” cuando mis palabras están liberadas de mi tiempo y de mí? 

¿Qué sentido tiene, pues, mi escritura? Acaso ese sentido ha de determinarse en función a una doble imposibilidad: mis palabras no pueden tener punto de partida y tampoco pueden tener un punto de llegada. Y aún así me declaro el remitente de estas palabras y las remito, aunque se extravíen en eterna remisión. Las remito y me remito a ellas, porque, a veces, es lo único que se tiene para dar.

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